—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
Este es un blog de Mel Cornejo, Job Gallardo y Belarmino. Los dos primeros tienen veintipocos años y el último, setenta. Empiezan con ¿una gresca?, comparando a Inatrapables, Inesperadas y Chefs. En el fondo, dice Job, escribir es una forma de amar al ser humano
jueves, 7 de diciembre de 2017
Vengo en taxi
Job
—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
—Su música es exquisita. (La verdad es que ella es exquisita) Debe pasarme el nombre de lo que suena.
—Con Sabor a café, el del Campestre. —Frente al Bixa, el Primerlugar. —Mi mano entre mis labios recargada en la puerta. El hormigueo de la ciudad golpeaba con suavidad sus luces, de los lugares y los autos sobre mi rostro.
—Sinceramente amo su ciudad de noche, Colega. —La misma ciudad a la que Taibo le dedicó un libro: Irapuato mi amor. No es la misma, pero se puede seguir amando. Quise guardar silencio. Su olor se filtraba a centímetros y recordé el célebre fragmento de Nezahuacóyotl (también soy un coyote que ayuna de ella) uan nelia tlen kualtsin ininajuiyaka xoxchimej... Y el enervante olor de las flores.
An nochipa tlaltikpak:
san achika ya nikan
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
El chocolate parecía distraer mi manía de no dejar de verla, o hacerlo de reojo, sin que sospechara lo absurdo que podía perderme en ella. Y su voz, su eterna y permanente voz, frágil como el arrullo de la lluvia que siempre extraño.
—Tú tienes una voz muy atractiva.
—Creo que es lo peor y lo mejor que me han dicho. Siempre pido disculpas cuando escucho los audios que envío. Creo que tengo un pésima voz, Inatrapable. Las horas se acumulaban, la Inatrapable era contenida un poco más, sólo un poco más...
An nochipa tlaltikpak:
san achika ya nikan
Le he contado que le escribo. Me ha exigido saber todo, la trama, las razones, los personajes. Quién es ella y por qué ella. Pontifica cuando me habla, y es ineludible no confesarle las negras intenciones de atraparla en un papel que es blog, y capítulos y guerra, una par de batallas, algunos encuentros. Movió mi brazo por ocho ocasiones, a modo de golpes y apretones. Tentado estuve de decirle que uno no puede ir por ahí, muy campante, haciendo la revolución sin amar a alguien. jjjjjjjjjjjjjjjj De repente, estábamos más cerca. Medimos nuestras manos, extraño ritual del humano cuando está cerca de alguien. Siempre es el mismo pretexto tan absurdo. ¿De qué tamaño son tus manos? jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj Su rostro tan próximo y su capricho por negarme a seguir contándole de la novela la devolvió al respaldo. —Bueno... —Regresa y vuelve a recargar sus codos en la mesa. Lo maravilloso de la poesía es que retrata todos los tiempos, todas las escenas, cualquier encuentro. González Rojo musitó en mi cabeza:
Un día, cuando
me platicaba que:
[...]
yo le tomé la mano;
[...]
Un [...] (beso) [...] de audacia –meditaba–
y me vuelvo un hombre rico.
[...]
como quien deja de hablarle de usted a un ángel.
No espero que ese ángel se enamore de este trotskista. Es inatrapable. Y me ha preguntado la razón. He huido del combate contándole que no huí de otro en el estado donde ella nació.
—Estuve allá en las elecciones —dije como su presumiera haber estado en la Batalla de Puebla bajo las órdenes de Zaragoza. (La verdad es que fue bajo las órdenes de Bartlett jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Cuando cuidaba la casilla, en medio de un pinche bosque a no sé cuántos kilómetros del otro compañero, sin comunicación, interrumpí una forma de fraude. Bingo le llaman. Se enojaron porque llegué con mi cara de idiota y se confiaron. Salí a fumar y afuera del salón de clases había cinco hombres con rifles y machetes. Me amenazaron con llevarse la casilla si no retiraba mi hoja de protesta, mientras el que hablaba me señalaba con un machete. Sentí miedo, mucho miedo, porque era en serio, confesé. —Primero me sacan picado. Picado en pedazos o nada. No quito ni se llevan nada. —Terminé como si le contara haber recibido las órdenes de Escobedo en la segunda batalla de Puebla cuando pidió voluntarios para tapar con el pecho la brecha que se había abierto con los cañones suavos: "compañeros, llegó la hora de morir, vamos viendo quién es el primero, si ellos o nosotros, pero si no tienen inconveniente, primero ellos". Taibo tiene la mala costumbre de inyectarle una dosis de locura a uno y creérsela en la vida real. jjjjjjjjjjjjjjjjjjj.
En el momento más extraño discutimos los nombres que a cada cual le gustan para un hijo. Gonzalo, Gastón, Amira, Dolores, Greta, Blas, Thalia, Clemente, Maximiliano, pero hube de interrumpir diciendo que ese nombre yo no se lo pondría a ninguno de mis hijos, dado mi profundo desprecio a los imperiales y al emperador piñata que devolvimos en una caja de muerto de las que hago. Vicente y coincidimos en ese. Vicente... como Riva Palacio. Vicente, Vicente, Vicente.
—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
domingo, 3 de diciembre de 2017
Job: La carroza arriba a la rampa
Ese mismo corredor tiene dos habitaciones fundamentales: el anfiteatro siempre blanco donde se realizan las autopsias y el refrigerador, el primero debe medir unos diez metros por treinta. El segundo, aclaro, no es un congelador, sólo refrigera; mide algunos siete metros por siete y casi cuatro de alto. Sólo queda libre la entrada y en cada pared se alzan hasta dos clavijeros con cuatro o cinco camillas donde esperan lo muertos a ser identificados. Pueden caber hasta cuarenta cuerpos.
En medio, un montacargas, sostiene una charola extra con tres cuerpos amontonados. Casi todos están descuartizados. Los cráneos negros me recordaron a los orcos del Señor de los anillos. La piel es del color del petróleo. Se han podrido. Las fosas nasales queman y luego la mascarilla no se necesita. Uno se acostumbra a traer esa llama en la nariz. Los únicos fragmentos del color natural de la piel se evidencian cuando al mover el cuerpo del acero inoxidable, los músculos que estén en contacto con la lámina fría se conservan, lo demás se descompone. Es un refrigerador solamente. Es como un bistec fuera de la nevera: se pudre. La extremidades se tornan marrón en los cortes, luego negro, secos los brazos, las piernas, los rostros ya sin rostro. No hay cupo. Irán a la fosa común la mayoría. Apenas se logran identificar a las semanas por algunos tatuajes en la espalda que se conservan porque siempre están en contacto con la lámina como ya explicaba. Vírgenes de Guadalupe, escudos del América, nombres: Kimberly, mi niña, México, 13.
En el pasillo hay siete cuerpos tirados, uno sobre otro, como costales, para que apenas quepan las camillas y los ataúdes cuando pasan. Están frescos, la sangre escurre por el vitropiso. Mis suelas se han batido y debo empujar con el pie la pierna de un muerto que me estorba para avanzar. Los ojos de uno siguen abiertos, asustados. El miedo sigue ahí como esperando cierren la puerta de los párpados y comenzar a pudrir las entrañas. Gordos, flacos, de mi edad, de la edad de mi papá. No nos atrevemos a cruzar la mirada, nos da miedo saber que son como nosotros. —son puros pinches malandros. —Se burla para tranquilizar el ambiente de guerra el médico forense, al que le cuelga una medalla de la virgen de la Paz.
Siempre he odiado la humillación y he sido humillado con esa expresión. Si uno no se duele por la muerte de ellos uno no es humano, pero si uno no hace nada para que nadie más muera, para que los hijos de ellos no sigan muriendo uno no es persona. Puta, no hay diferencia. No es el escenario lo que me horroriza sino el acuerdo con la conciencia para no sentir culpa: son malandros, ellos se lo buscan, nacieron para eso, son sus consecuencias, no nos importan, no son iguales a nosotros, para que se les quite, elqueandamalterminamal, sólo se matan entre ellos, pura pinche rata, son de la 18, la Lupita, Las Heras, la Che Guevara, la Nuevo México…
Nuestro cadáver tiene 18 años, huachicolero, tirador de grapas, cristal, mota, ya tiene un hijo de un año o menos. Eso me dijeron. Lo han ejecutado junto a otros dos. Los hallaron en Pueblo Nuevo, su rancho, Labor de Peralta que es de Abasolo, colinda con el municipio minúsculo donde les hallaron. He interrumpido lo que escribo.
—Revisa las gallinas, se están picando. Apenas entro al lugar que llamo granja y veo a una sangrando del jundillo, como se le llama al ano de las aves de corral.
Dos tiros truenan a tres casas. Por el lugar donde estoy se ve el humo que despidió el arma. No es juego, dos tiros donde nunca había escuchado. Han sido al aire.
Las gallinas se canibalizan cuando les falta comida, comienzan a tragarse las plumas, luego la piel, la carne hasta que pueden dejar los puros huesos en un par de horas. Hay cosas que la evolución no les privó. Puedes cercenarles la parte superior del pico y eso solo evitara el canibalismo unos días, aún sin su arma afilada se seguirán tragando. No es ni siquiera que les falte comida, sino que el alimento no está balanceado. Necesitan hierro y el sabor y el color de la sangre las enerva. Por eso los bebederos son rojos, para que sean asiduas a beber agua y a la hora de producir el huevo tenga más líquido.
Si lo que acabo de contar sobre la avicultura les suena a humano es mera coincidencia… Vuelvo y no me detendré contando cómo se embalsama y se reconstruye un cráneo. Tiene dos tiros, uno en la frente destruyó el occipital. Otro por la mejilla, atravesó el maxilar, el hueso malar, el esfenoide y explotó el parietal. Debe quedar como dormido.
No dejan de gritar y el ataúd nos comienza a pesar, aún no lo dejamos en el pedestal, avanzamos muy poco, todos se atraviesan y debo tener cuidado de que la tapa que han abierto para tocarle no les caiga encima. En medio del apilamiento de dolientes, el niño queda en lo alto y sobresale entre la inclinación de los cuerpos alrededor de la caja de muerto.
Llanto, llanto, gritos, lamentos, que se tornan en carcajadas amargas y hondas como si ahí se fuera el odio, un odio dirigido a dios. Quizás así lloran los ángeles caídos en el infierno. El bebé que sigue abrazado, parece no entender, es absurdo que lo tengan en medio de tanto grito. De repente, porque todo es tan rápido, todo es en el trayecto de unos cinco metros de la puerta al pedestal donde está la capilla ardiente en el domicilio, de repente, el bebé se tapa la cara con el brazo derecho, no ha llorado, sólo se tapa y se niega a ver. Él… es extraño escribir “él”, usar solo el pronombre personal para un bebé. Él sabe que ahí está su papá, es consciente de ese horror. Sólo se tapa su rostro con el brazo y se gira hacia el cuello de quien le carga, se ha escondido.
Llegamos al pedestal, me abro espacio entre las personas que van rodeando el espacio. Antes de salir, el bebé sigue en el regazo del muchacho que le carga junto al ataúd. Está atacado, se agita sin llorar y los ojos están húmedos, abiertos, mirando a ningún lugar, apuntan a las flores que están en el suelo. “Bus junelo a purí golí e men arate sos guillabela duquelando palal gres e berrochí, prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí ta andiar diñelo andoba suetí rujis pre alangarí... Cuando escucho la vieja voz de mi sangre que canta y llora recordando pasados siglos de horror, siento a Dios que perfuma mi alma y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor.”
domingo, 26 de noviembre de 2017
Llegando
-Perdonen, estimados: nada que ver entre su Inatrapable y sus Chefs y mi Inesperada. Pongan algo de música, ¿no?
Mientras los otros dos contertulios se acomodan, subrayo la frase de Job: Escribir es una forma de amar al ser humano. Lo dice así por su formación originaria, seriamente católica, que sorprende a Mel, tan psicoálisis sin concesiones, y a Belarmino, tres generaciones ateo.
Nos conocímos hace poco, durante un viaje político-cultural, digamos, que los dos últimos hicieron por tierras del primero.
-Vaya, hasta que se digna, Job.
-Perdón. Escribí esto.
Nos conocímos hace poco, durante un viaje político-cultural, digamos, que los dos últimos hicieron por tierras del primero.
-Vaya, hasta que se digna, Job.
-Perdón. Escribí esto.
Es pronto para hablar de Ella. Apenas le he escrito, contándole que el Hombre de los Cuadernos me invitó a escribir un blog en conjunto. Sus viñetas, sus Cuadernos son, espero no definir mal, una crónica político erótica, (ya luego contaré lo que entiendo por político erótico para no desvirtuar) una narración tan medular en medio de un país que se agita, un recorrido de hace años con dedicatoria para los Nietos. Su obra va a ser insoslayable cuando menos lo esperemos.
He escuchado varias veces que a las personas les gustaría que la vida fuera acompañada con música de fondo. Él hace eso. Mientras escribe hay música en el blog. Ese es un pequeño detalle exquisito. Las primeras ocasiones en las que visitaba los relatos me iba contento por haberme robado un par de canciones que no conocía. Digamos que también es una escuela de música.
A Jorge, me gusta ese nombre porque lo siento más cercano, le hallé de manera fortuita y voluntaria. Husmeaba en la red, creo haber entrado al perfil de Paco Ignacio Taibo II, luego al de Elena Poniatowska, luego al de no sé quién, luego al de no sé quién, luego al de no sé quién. De repente, la foto de un hombre, atractivo, de cabellos lacios, castaños y entrecano en las raíces, que rondaba por los cincuenta años o menos, cuyo anuncio de su nombre era precedido por el confiable "compa", apareció. Invadí la privacidad y hurgué en el perfil. No recuerdo qué había. Agregar. la Red inquirió que sólo podía agregar a la gente que conocía. Lo conoceré, por eso lo agrego. A bien, no sabía por qué sólo era consciente de que él era alguien de esos que se llaman imprescindibles.
Cuando decidí ser parte de partido-movimiento, sabía que necesitaba referencias, necesitaba troncos en el mar para flotar. Voces que por su experiencia nos dijeran cómo veían ellos este mundo que a mi generación nos tocaba enterrar (?), amar, defender (?). Donde me deformé jjjjjjjjjjjjjj aprendí la necesidad de los amigos, de los compañeros, de que no se puede ir sólo, por ahí, cambiando el mundo. Aprendí a estar en comunidad, y la soledad hay que compartirla.
En su perfil, notificaba estar casado con él mismo. Fina ironía. Sólo me aceptó en un lugar, al que por cierto no era asiduo. Hace algunos meses esa cuenta se volvió a activar y yo era un desconocido. laiqueaba, comentaba, eso era todo. Ahí había un círculo de quienes sí le conocían. Defeños casi todos y del Sur, geografía profunda como él le llama a esa región que no conozco y que no entiendo por mi situación geográfica.
Ahí mismo, y en el tuicoso apareció Melissa, nuestra hermana. Imagino que estamos en una primaria y somos la "bolita" de esos tres. Ambos leemos lo que Jorge nos permite. Seguimos los cuadernos, sus aforismos, sus críticas, las autocríticas. No quiero hacer un retrato de ninguno, porque sería injusto. No soy su biógrafo. La amistad es como el asalto del sueño, sólo te atrapaba y flotas.
No deben estar felices. La miel gotea y empalaga aquí. Vuelvo. Desde hace unos meses escribo un texo: Inatrapable. La palabra no procede, no existe. Es un sinónimo inventado. Alegoría (?) Lo conoce porque es la manera de comunicarme con ella. Ha pedido vernos esta semana.
-0-
Mel y Job tienen dos rasgos en común, dice el hombre de los cuadernos, según quedé nombrado: la inteligencia y el delirio por vivir. Intensean, pues, y en eso me parezco a ellos con casi medio siglo más.
El pretexto para tener un blog conjunto fueron las pasiones que perseguimos, en mi caso porque la Inesperada está lejos en tiempo y espacio. Pasiones, subrayo, pues de amor sobramos juntos ella y yo, y Mel y Job persiguen algo con toque místico, creo.
Me refiero al misticismo estilo San Juan de la Cruz, cuya alma busca aquí a su Señor carnalmente:
¿Dónde andará élla.
-Aquí. Va música y texto, pequeñito porque estaba muy ocupada. Pasa en formato de chat.
El hombre de los cuadernos, según quedé nombrado, corrobora cuán bien escogió a esos dos jóvenes amigos. En cuanto al blog conjunto, no parece buena idea. Cada uno por aparte tiene muchas cosas qué hacer.
Como sea, va mi contribución:
Los cuadernos fueron fundamentales para que transitara a la vejez, descubriendo el sentido general de mi vida. Pueden servirles si encuentro una guía para su lectura.
El sábado de noche volví a casa por una línea del Metro que tiene estaciones cada poco -fue la segunda en construirse e inexpertos los ingenieros...- y cubrí dieciséis. A deshoras, ibamos todos sentados, frente a frente, y pudo crearse un ambiente cálido. Soy experto en el tema pues hace justo diez años estuve a punto de cobrar mis servicios al transporte público, diviertiendo, asesorando, escuchando a los usuarios.
Para los capitalinos nuestro mayor problema es la cantidad: veintitres millones en mil quinientos kilómetros cuadrados. Francia, por ejemplo, tiene menos de tres veces esa población y mide quinientos tantos más.
Tipo alegre y societario, yo, pues, entonces y este sábado. Por ello puedo amarlos tanto, hijos, nietos, cortesanos.
Volaron solas mis crías y regresé a mi segundo oficio mayor, nunca abandonado enteramente: adorador del pueblo luchón. Encontré así a las hermanitas y hermanitos, cuya edad en general multiplicaba por tres, y di pie a que el abuelo, Felícitas, Filiberto y demás se reunierán para juzgarme con cariño.
¿Extraña que para la sociedad, antiguos amigos incluidos, me convirtiera entonces en detritus, pues daba tumbos buscando un pequeño ingreso?
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Mel y Job tienen dos rasgos en común, dice el hombre de los cuadernos, según quedé nombrado: la inteligencia y el delirio por vivir. Intensean, pues, y en eso me parezco a ellos con casi medio siglo más.
El pretexto para tener un blog conjunto fueron las pasiones que perseguimos, en mi caso porque la Inesperada está lejos en tiempo y espacio. Pasiones, subrayo, pues de amor sobramos juntos ella y yo, y Mel y Job persiguen algo con toque místico, creo.
Me refiero al misticismo estilo San Juan de la Cruz, cuya alma busca aquí a su Señor carnalmente:
¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
y en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
y en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
¿Digo tonterías, Job el que fue seminarista y Mel madre de un sicoanálisis sin nombre todavía?el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
¿Dónde andará élla.
-Aquí. Va música y texto, pequeñito porque estaba muy ocupada. Pasa en formato de chat.
La primera entrada de esta historia no es la que me hubiera gustado escribir, pero si lo bello breve, dos veces bello. Quizá no hay momento correcto, pero sí comienzos inapropiados.
Llegué a su vida con todo y maletas una noche fría, en la que él no logró adivinar que yo pretendía arrojar un cadáver sobre la mesa. Hic incipit.
Han pasado meses en un constante ir y venir. Yo, ave; él, señuelo.
A él, es a quien llamaré ''el insondable'', porque es profundo, impenetrable e imposible de leer, incluso para mí, que como dice Belar, practico un psicoanálisis que aún no tiene nombre. He decidido llamarlo así, también por fines po(éticos), para que tenga oportunidad de competir con la Inesperada e Inatrapable.
Es la gota que colmó este cuerpo que a veces le da por ser vaso, y dejaría todo porque me derramara una y otra vez.
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Como sea, va mi contribución:
Los cuadernos fueron fundamentales para que transitara a la vejez, descubriendo el sentido general de mi vida. Pueden servirles si encuentro una guía para su lectura.
El sábado de noche volví a casa por una línea del Metro que tiene estaciones cada poco -fue la segunda en construirse e inexpertos los ingenieros...- y cubrí dieciséis. A deshoras, ibamos todos sentados, frente a frente, y pudo crearse un ambiente cálido. Soy experto en el tema pues hace justo diez años estuve a punto de cobrar mis servicios al transporte público, diviertiendo, asesorando, escuchando a los usuarios.
Para los capitalinos nuestro mayor problema es la cantidad: veintitres millones en mil quinientos kilómetros cuadrados. Francia, por ejemplo, tiene menos de tres veces esa población y mide quinientos tantos más.
Tipo alegre y societario, yo, pues, entonces y este sábado. Por ello puedo amarlos tanto, hijos, nietos, cortesanos.
Volaron solas mis crías y regresé a mi segundo oficio mayor, nunca abandonado enteramente: adorador del pueblo luchón. Encontré así a las hermanitas y hermanitos, cuya edad en general multiplicaba por tres, y di pie a que el abuelo, Felícitas, Filiberto y demás se reunierán para juzgarme con cariño.
¿Extraña que para la sociedad, antiguos amigos incluidos, me convirtiera entonces en detritus, pues daba tumbos buscando un pequeño ingreso?
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