—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
Este es un blog de Mel Cornejo, Job Gallardo y Belarmino. Los dos primeros tienen veintipocos años y el último, setenta. Empiezan con ¿una gresca?, comparando a Inatrapables, Inesperadas y Chefs. En el fondo, dice Job, escribir es una forma de amar al ser humano
jueves, 7 de diciembre de 2017
Vengo en taxi
Job
—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
—Su música es exquisita. (La verdad es que ella es exquisita) Debe pasarme el nombre de lo que suena.
—Con Sabor a café, el del Campestre. —Frente al Bixa, el Primerlugar. —Mi mano entre mis labios recargada en la puerta. El hormigueo de la ciudad golpeaba con suavidad sus luces, de los lugares y los autos sobre mi rostro.
—Sinceramente amo su ciudad de noche, Colega. —La misma ciudad a la que Taibo le dedicó un libro: Irapuato mi amor. No es la misma, pero se puede seguir amando. Quise guardar silencio. Su olor se filtraba a centímetros y recordé el célebre fragmento de Nezahuacóyotl (también soy un coyote que ayuna de ella) uan nelia tlen kualtsin ininajuiyaka xoxchimej... Y el enervante olor de las flores.
An nochipa tlaltikpak:
san achika ya nikan
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
El chocolate parecía distraer mi manía de no dejar de verla, o hacerlo de reojo, sin que sospechara lo absurdo que podía perderme en ella. Y su voz, su eterna y permanente voz, frágil como el arrullo de la lluvia que siempre extraño.
—Tú tienes una voz muy atractiva.
—Creo que es lo peor y lo mejor que me han dicho. Siempre pido disculpas cuando escucho los audios que envío. Creo que tengo un pésima voz, Inatrapable. Las horas se acumulaban, la Inatrapable era contenida un poco más, sólo un poco más...
An nochipa tlaltikpak:
san achika ya nikan
Le he contado que le escribo. Me ha exigido saber todo, la trama, las razones, los personajes. Quién es ella y por qué ella. Pontifica cuando me habla, y es ineludible no confesarle las negras intenciones de atraparla en un papel que es blog, y capítulos y guerra, una par de batallas, algunos encuentros. Movió mi brazo por ocho ocasiones, a modo de golpes y apretones. Tentado estuve de decirle que uno no puede ir por ahí, muy campante, haciendo la revolución sin amar a alguien. jjjjjjjjjjjjjjjj De repente, estábamos más cerca. Medimos nuestras manos, extraño ritual del humano cuando está cerca de alguien. Siempre es el mismo pretexto tan absurdo. ¿De qué tamaño son tus manos? jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj Su rostro tan próximo y su capricho por negarme a seguir contándole de la novela la devolvió al respaldo. —Bueno... —Regresa y vuelve a recargar sus codos en la mesa. Lo maravilloso de la poesía es que retrata todos los tiempos, todas las escenas, cualquier encuentro. González Rojo musitó en mi cabeza:
Un día, cuando
me platicaba que:
[...]
yo le tomé la mano;
[...]
Un [...] (beso) [...] de audacia –meditaba–
y me vuelvo un hombre rico.
[...]
como quien deja de hablarle de usted a un ángel.
No espero que ese ángel se enamore de este trotskista. Es inatrapable. Y me ha preguntado la razón. He huido del combate contándole que no huí de otro en el estado donde ella nació.
—Estuve allá en las elecciones —dije como su presumiera haber estado en la Batalla de Puebla bajo las órdenes de Zaragoza. (La verdad es que fue bajo las órdenes de Bartlett jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Cuando cuidaba la casilla, en medio de un pinche bosque a no sé cuántos kilómetros del otro compañero, sin comunicación, interrumpí una forma de fraude. Bingo le llaman. Se enojaron porque llegué con mi cara de idiota y se confiaron. Salí a fumar y afuera del salón de clases había cinco hombres con rifles y machetes. Me amenazaron con llevarse la casilla si no retiraba mi hoja de protesta, mientras el que hablaba me señalaba con un machete. Sentí miedo, mucho miedo, porque era en serio, confesé. —Primero me sacan picado. Picado en pedazos o nada. No quito ni se llevan nada. —Terminé como si le contara haber recibido las órdenes de Escobedo en la segunda batalla de Puebla cuando pidió voluntarios para tapar con el pecho la brecha que se había abierto con los cañones suavos: "compañeros, llegó la hora de morir, vamos viendo quién es el primero, si ellos o nosotros, pero si no tienen inconveniente, primero ellos". Taibo tiene la mala costumbre de inyectarle una dosis de locura a uno y creérsela en la vida real. jjjjjjjjjjjjjjjjjjj.
En el momento más extraño discutimos los nombres que a cada cual le gustan para un hijo. Gonzalo, Gastón, Amira, Dolores, Greta, Blas, Thalia, Clemente, Maximiliano, pero hube de interrumpir diciendo que ese nombre yo no se lo pondría a ninguno de mis hijos, dado mi profundo desprecio a los imperiales y al emperador piñata que devolvimos en una caja de muerto de las que hago. Vicente y coincidimos en ese. Vicente... como Riva Palacio. Vicente, Vicente, Vicente.
—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.
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