domingo, 3 de diciembre de 2017

Job: La carroza arriba a la rampa

La carroza arriba a la rampa que da al pasillo por el que se entregan los cuerpos. En ese pasillo, de unos dos metros y medio de ancho, se colocan, pegadas a una de las paredes, las planchas rodantes con los cuerpos para que, llegada la funeraria, cambien el cadáver al ataúd que se coloca paralelamente a la camilla, y una vez ahí por la rampa descienda el féretro al vehículo. Así se recoge un cuerpo en Servicio Médico Forense luego de hacer los trámites correspondientes por el frente del edificio.
Ese mismo corredor tiene dos habitaciones fundamentales: el anfiteatro siempre blanco donde se realizan las autopsias y el refrigerador, el primero debe medir unos diez metros por treinta. El segundo, aclaro, no es un congelador, sólo refrigera; mide algunos siete metros por siete y casi cuatro de alto. Sólo queda libre la entrada y en cada pared se alzan hasta dos clavijeros con cuatro o cinco camillas donde esperan lo muertos a ser identificados. Pueden caber hasta cuarenta cuerpos.
En medio, un montacargas, sostiene una charola extra con tres cuerpos amontonados. Casi todos están descuartizados. Los cráneos negros me recordaron a los orcos del Señor de los anillos. La piel es del color del petróleo. Se han podrido. Las fosas nasales queman y luego la mascarilla no se necesita. Uno se acostumbra a traer esa llama en la nariz. Los únicos fragmentos del color natural de la piel se evidencian cuando al mover el cuerpo del acero inoxidable, los músculos que estén en contacto con la lámina fría se conservan, lo demás se descompone. Es un refrigerador solamente. Es como un bistec fuera de la nevera: se pudre. La extremidades se tornan marrón en los cortes, luego negro, secos los brazos, las piernas, los rostros ya sin rostro. No hay cupo. Irán a la fosa común la mayoría. Apenas se logran identificar a las semanas por algunos tatuajes en la espalda que se conservan porque siempre están en contacto con la lámina como ya explicaba. Vírgenes de Guadalupe, escudos del América, nombres: Kimberly, mi niña, México, 13. 
En el pasillo hay siete cuerpos tirados, uno sobre otro, como costales, para que apenas quepan las camillas y los ataúdes cuando pasan. Están frescos, la sangre escurre por el vitropiso. Mis suelas se han batido y debo empujar con el pie la pierna de un muerto que me estorba para avanzar. Los ojos de uno siguen abiertos, asustados. El miedo sigue ahí como esperando cierren la puerta de los párpados y comenzar a pudrir las entrañas. Gordos, flacos, de mi edad, de la edad de mi papá. No nos atrevemos a cruzar la mirada, nos da miedo saber que son como nosotros. —son puros pinches malandros. —Se burla para tranquilizar el ambiente de guerra el médico forense, al que le cuelga una medalla de la virgen de la Paz. 
Siempre he odiado la humillación y he sido humillado con esa expresión. Si uno no se duele por la muerte de ellos uno no es humano, pero si uno no hace nada para que nadie más muera, para que los hijos de ellos no sigan muriendo uno no es persona. Puta, no hay diferencia. No es el escenario lo que me horroriza sino el acuerdo con la conciencia para no sentir culpa: son malandros, ellos se lo buscan, nacieron para eso, son sus consecuencias, no nos importan, no son iguales a nosotros, para que se les quite, elqueandamalterminamal, sólo se matan entre ellos, pura pinche rata, son de la 18, la Lupita, Las Heras, la Che Guevara, la Nuevo México… 
Nuestro cadáver tiene 18 años, huachicolero, tirador de grapas, cristal, mota, ya tiene un hijo de un año o menos. Eso me dijeron. Lo han ejecutado junto a otros dos. Los hallaron en Pueblo Nuevo, su rancho, Labor de Peralta que es de Abasolo, colinda con el municipio minúsculo donde les hallaron. He interrumpido lo que escribo. 
—Revisa las gallinas, se están picando. Apenas entro al lugar que llamo granja y veo a una sangrando del jundillo, como se le llama al ano de las aves de corral. 
Dos tiros truenan a tres casas. Por el lugar donde estoy se ve el humo que despidió el arma. No es juego, dos tiros donde nunca había escuchado. Han sido al aire. 
Las gallinas se canibalizan cuando les falta comida, comienzan a tragarse las plumas, luego la piel, la carne hasta que pueden dejar los puros huesos en un par de horas. Hay cosas que la evolución no les privó. Puedes cercenarles la parte superior del pico y eso solo evitara el canibalismo unos días, aún sin su arma afilada se seguirán tragando. No es ni siquiera que les falte comida, sino que el alimento no está balanceado. Necesitan hierro y el sabor y el color de la sangre las enerva. Por eso los bebederos son rojos, para que sean asiduas a beber agua y a la hora de producir el huevo tenga más líquido. 
Si lo que acabo de contar sobre la avicultura les suena a humano es mera coincidencia… Vuelvo y no me detendré contando cómo se embalsama y se reconstruye un cráneo. Tiene dos tiros, uno en la frente destruyó el occipital. Otro por la mejilla, atravesó el maxilar, el hueso malar, el esfenoide y explotó el parietal. Debe quedar como dormido. 
Hemos llegado al domicilio y el llanto inunda un rancho que guarda un silencio de viernes santo. Son muchas personas las que lloran, primos, hermanos, su mamá, la abuela, amigos. Sí les duele. Uno sabe cuándo la gente que llora finge, te lo da la experiencia en este trabajo. Uno sabe cuándo de verdad duele y golpea la muerte con toda su embestida. Sólo tiene 18 años ese cadáver y aparece el bebé. Un joven, lo pide y se lo dan. Es un bebé. Los gritos y berridos asustan, le hablan al cadáver y le preguntan por qué los abandona, por qué se los quitaron, para qué se iba, qué harán sin él. Su abuelo le increpa temblando y tocando su rostro —ay hijo, me cansé de decirte que hicieras caso. —Lo acariciaba con la ternura con la que se toca a un niño en su cumpleaños. 
No dejan de gritar y el ataúd nos comienza a pesar, aún no lo dejamos en el pedestal, avanzamos muy poco, todos se atraviesan y debo tener cuidado de que la tapa que han abierto para tocarle no les caiga encima. En medio del apilamiento de dolientes, el niño queda en lo alto y sobresale entre la inclinación de los cuerpos alrededor de la caja de muerto. 
Llanto, llanto, gritos, lamentos, que se tornan en carcajadas amargas y hondas como si ahí se fuera el odio, un odio dirigido a dios. Quizás así lloran los ángeles caídos en el infierno. El bebé que sigue abrazado, parece no entender, es absurdo que lo tengan en medio de tanto grito. De repente, porque todo es tan rápido, todo es en el trayecto de unos cinco metros de la puerta al pedestal donde está la capilla ardiente en el domicilio, de repente, el bebé se tapa la cara con el brazo derecho, no ha llorado, sólo se tapa y se niega a ver. Él… es extraño escribir “él”, usar solo el pronombre personal para un bebé. Él sabe que ahí está su papá, es consciente de ese horror. Sólo se tapa su rostro con el brazo y se gira hacia el cuello de quien le carga, se ha escondido.
Llegamos al pedestal, me abro espacio entre las personas que van rodeando el espacio. Antes de salir, el bebé sigue en el regazo del muchacho que le carga junto al ataúd. Está atacado, se agita sin llorar y los ojos están húmedos, abiertos, mirando a ningún lugar, apuntan a las flores que están en el suelo. “Bus junelo a purí golí e men arate sos guillabela duquelando palal gres e berrochí, prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí ta andiar diñelo andoba suetí rujis pre alangarí... Cuando escucho la vieja voz de mi sangre que canta y llora recordando pasados siglos de horror, siento a Dios que perfuma mi alma y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor.”

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