jueves, 7 de diciembre de 2017

Vengo en taxi

Job
—Vengo en taxi. Detesto manejar y es más cómodo. No me preocupo por estacionamiento, por choques o mi fobia a atropellar a alguien. Disfruto perder el trayecto en mi cerebro. —Disculpe que esté tan sucio, colega, pero los carros se ensucian muy rápido. —No se preocupe, colega. Entramos a su auto, un Aveo rojo. El polvo seco sobre la pintura completaba al viento frío de la noche que nos había asaltado en la sobremesa. Universidad, trabajo, su rostro y su cabello de diez mil formas, mi hazaña de haber salvado mi granja de gallinas productoras de huevo orgánico. La familia, nuestros orígenes. Algo de política y mi trabajo en la redacción de un proyecto municipal y un plan legislativo para el Congreso local, una discusión sobre el orgasmo y el placer en los animales. Googleamos las respuestas científicas. Un viaje a la Marquesa, la posible reunión mensual para leer (le leeré poesía, sólo poesía, me juré. No sabe que también le he hecho un poemario jjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Me someto a su agenda. Job cediendo todas sus exigencias y sus tiempos, Job cacheteando la banqueta. Un churro de azúcar relleno de cajeta, un café, pretextos para conservar su presencia, la imagen de la Inatrapable. La misma imagen al tiempo que se trasforma en diez mil con sólo sonreír o agitar su cabello. Conectó su teléfono. Maneja estándar y no es por conflictos de prejuicios misóginos, pero sugiere una muestra de exquisita atracción al cambiar de velocidades. Suena lo que parece inventado ad hoc.


—Su música es exquisita. (La verdad es que ella es exquisita) Debe pasarme el nombre de lo que suena. —Con Sabor a café, el del Campestre. —Frente al Bixa, el Primerlugar. —Mi mano entre mis labios recargada en la puerta. El hormigueo de la ciudad golpeaba con suavidad sus luces, de los lugares y los autos sobre mi rostro. —Sinceramente amo su ciudad de noche, Colega. —La misma ciudad a la que Taibo le dedicó un libro: Irapuato mi amor. No es la misma, pero se puede seguir amando. Quise guardar silencio. Su olor se filtraba a centímetros y recordé el célebre fragmento de Nezahuacóyotl (también soy un coyote que ayuna de ella) uan nelia tlen kualtsin ininajuiyaka xoxchimej... Y el enervante olor de las flores. An nochipa tlaltikpak: san achika ya nikan No para siempre en la tierra: Sólo un poco aquí. El chocolate parecía distraer mi manía de no dejar de verla, o hacerlo de reojo, sin que sospechara lo absurdo que podía perderme en ella. Y su voz, su eterna y permanente voz, frágil como el arrullo de la lluvia que siempre extraño. —Tú tienes una voz muy atractiva. —Creo que es lo peor y lo mejor que me han dicho. Siempre pido disculpas cuando escucho los audios que envío. Creo que tengo un pésima voz, Inatrapable. Las horas se acumulaban, la Inatrapable era contenida un poco más, sólo un poco más... An nochipa tlaltikpak: san achika ya nikan Le he contado que le escribo. Me ha exigido saber todo, la trama, las razones, los personajes. Quién es ella y por qué ella. Pontifica cuando me habla, y es ineludible no confesarle las negras intenciones de atraparla en un papel que es blog, y capítulos y guerra, una par de batallas, algunos encuentros. Movió mi brazo por ocho ocasiones, a modo de golpes y apretones. Tentado estuve de decirle que uno no puede ir por ahí, muy campante, haciendo la revolución sin amar a alguien. jjjjjjjjjjjjjjjj De repente, estábamos más cerca. Medimos nuestras manos, extraño ritual del humano cuando está cerca de alguien. Siempre es el mismo pretexto tan absurdo. ¿De qué tamaño son tus manos? jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj Su rostro tan próximo y su capricho por negarme a seguir contándole de la novela la devolvió al respaldo. —Bueno... —Regresa y vuelve a recargar sus codos en la mesa. Lo maravilloso de la poesía es que retrata todos los tiempos, todas las escenas, cualquier encuentro. González Rojo musitó en mi cabeza: Un día, cuando me platicaba que: [...] yo le tomé la mano; [...] Un [...] (beso) [...] de audacia –meditaba– y me vuelvo un hombre rico. [...] como quien deja de hablarle de usted a un ángel. No espero que ese ángel se enamore de este trotskista. Es inatrapable. Y me ha preguntado la razón. He huido del combate contándole que no huí de otro en el estado donde ella nació. —Estuve allá en las elecciones —dije como su presumiera haber estado en la Batalla de Puebla bajo las órdenes de Zaragoza. (La verdad es que fue bajo las órdenes de Bartlett jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj) —Cuando cuidaba la casilla, en medio de un pinche bosque a no sé cuántos kilómetros del otro compañero, sin comunicación, interrumpí una forma de fraude. Bingo le llaman. Se enojaron porque llegué con mi cara de idiota y se confiaron. Salí a fumar y afuera del salón de clases había cinco hombres con rifles y machetes. Me amenazaron con llevarse la casilla si no retiraba mi hoja de protesta, mientras el que hablaba me señalaba con un machete. Sentí miedo, mucho miedo, porque era en serio, confesé. —Primero me sacan picado. Picado en pedazos o nada. No quito ni se llevan nada. —Terminé como si le contara haber recibido las órdenes de Escobedo en la segunda batalla de Puebla cuando pidió voluntarios para tapar con el pecho la brecha que se había abierto con los cañones suavos: "compañeros, llegó la hora de morir, vamos viendo quién es el primero, si ellos o nosotros, pero si no tienen inconveniente, primero ellos". Taibo tiene la mala costumbre de inyectarle una dosis de locura a uno y creérsela en la vida real. jjjjjjjjjjjjjjjjjjj. En el momento más extraño discutimos los nombres que a cada cual le gustan para un hijo. Gonzalo, Gastón, Amira, Dolores, Greta, Blas, Thalia, Clemente, Maximiliano, pero hube de interrumpir diciendo que ese nombre yo no se lo pondría a ninguno de mis hijos, dado mi profundo desprecio a los imperiales y al emperador piñata que devolvimos en una caja de muerto de las que hago. Vicente y coincidimos en ese. Vicente... como Riva Palacio. Vicente, Vicente, Vicente.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Job: La carroza arriba a la rampa

La carroza arriba a la rampa que da al pasillo por el que se entregan los cuerpos. En ese pasillo, de unos dos metros y medio de ancho, se colocan, pegadas a una de las paredes, las planchas rodantes con los cuerpos para que, llegada la funeraria, cambien el cadáver al ataúd que se coloca paralelamente a la camilla, y una vez ahí por la rampa descienda el féretro al vehículo. Así se recoge un cuerpo en Servicio Médico Forense luego de hacer los trámites correspondientes por el frente del edificio.
Ese mismo corredor tiene dos habitaciones fundamentales: el anfiteatro siempre blanco donde se realizan las autopsias y el refrigerador, el primero debe medir unos diez metros por treinta. El segundo, aclaro, no es un congelador, sólo refrigera; mide algunos siete metros por siete y casi cuatro de alto. Sólo queda libre la entrada y en cada pared se alzan hasta dos clavijeros con cuatro o cinco camillas donde esperan lo muertos a ser identificados. Pueden caber hasta cuarenta cuerpos.
En medio, un montacargas, sostiene una charola extra con tres cuerpos amontonados. Casi todos están descuartizados. Los cráneos negros me recordaron a los orcos del Señor de los anillos. La piel es del color del petróleo. Se han podrido. Las fosas nasales queman y luego la mascarilla no se necesita. Uno se acostumbra a traer esa llama en la nariz. Los únicos fragmentos del color natural de la piel se evidencian cuando al mover el cuerpo del acero inoxidable, los músculos que estén en contacto con la lámina fría se conservan, lo demás se descompone. Es un refrigerador solamente. Es como un bistec fuera de la nevera: se pudre. La extremidades se tornan marrón en los cortes, luego negro, secos los brazos, las piernas, los rostros ya sin rostro. No hay cupo. Irán a la fosa común la mayoría. Apenas se logran identificar a las semanas por algunos tatuajes en la espalda que se conservan porque siempre están en contacto con la lámina como ya explicaba. Vírgenes de Guadalupe, escudos del América, nombres: Kimberly, mi niña, México, 13. 
En el pasillo hay siete cuerpos tirados, uno sobre otro, como costales, para que apenas quepan las camillas y los ataúdes cuando pasan. Están frescos, la sangre escurre por el vitropiso. Mis suelas se han batido y debo empujar con el pie la pierna de un muerto que me estorba para avanzar. Los ojos de uno siguen abiertos, asustados. El miedo sigue ahí como esperando cierren la puerta de los párpados y comenzar a pudrir las entrañas. Gordos, flacos, de mi edad, de la edad de mi papá. No nos atrevemos a cruzar la mirada, nos da miedo saber que son como nosotros. —son puros pinches malandros. —Se burla para tranquilizar el ambiente de guerra el médico forense, al que le cuelga una medalla de la virgen de la Paz. 
Siempre he odiado la humillación y he sido humillado con esa expresión. Si uno no se duele por la muerte de ellos uno no es humano, pero si uno no hace nada para que nadie más muera, para que los hijos de ellos no sigan muriendo uno no es persona. Puta, no hay diferencia. No es el escenario lo que me horroriza sino el acuerdo con la conciencia para no sentir culpa: son malandros, ellos se lo buscan, nacieron para eso, son sus consecuencias, no nos importan, no son iguales a nosotros, para que se les quite, elqueandamalterminamal, sólo se matan entre ellos, pura pinche rata, son de la 18, la Lupita, Las Heras, la Che Guevara, la Nuevo México… 
Nuestro cadáver tiene 18 años, huachicolero, tirador de grapas, cristal, mota, ya tiene un hijo de un año o menos. Eso me dijeron. Lo han ejecutado junto a otros dos. Los hallaron en Pueblo Nuevo, su rancho, Labor de Peralta que es de Abasolo, colinda con el municipio minúsculo donde les hallaron. He interrumpido lo que escribo. 
—Revisa las gallinas, se están picando. Apenas entro al lugar que llamo granja y veo a una sangrando del jundillo, como se le llama al ano de las aves de corral. 
Dos tiros truenan a tres casas. Por el lugar donde estoy se ve el humo que despidió el arma. No es juego, dos tiros donde nunca había escuchado. Han sido al aire. 
Las gallinas se canibalizan cuando les falta comida, comienzan a tragarse las plumas, luego la piel, la carne hasta que pueden dejar los puros huesos en un par de horas. Hay cosas que la evolución no les privó. Puedes cercenarles la parte superior del pico y eso solo evitara el canibalismo unos días, aún sin su arma afilada se seguirán tragando. No es ni siquiera que les falte comida, sino que el alimento no está balanceado. Necesitan hierro y el sabor y el color de la sangre las enerva. Por eso los bebederos son rojos, para que sean asiduas a beber agua y a la hora de producir el huevo tenga más líquido. 
Si lo que acabo de contar sobre la avicultura les suena a humano es mera coincidencia… Vuelvo y no me detendré contando cómo se embalsama y se reconstruye un cráneo. Tiene dos tiros, uno en la frente destruyó el occipital. Otro por la mejilla, atravesó el maxilar, el hueso malar, el esfenoide y explotó el parietal. Debe quedar como dormido. 
Hemos llegado al domicilio y el llanto inunda un rancho que guarda un silencio de viernes santo. Son muchas personas las que lloran, primos, hermanos, su mamá, la abuela, amigos. Sí les duele. Uno sabe cuándo la gente que llora finge, te lo da la experiencia en este trabajo. Uno sabe cuándo de verdad duele y golpea la muerte con toda su embestida. Sólo tiene 18 años ese cadáver y aparece el bebé. Un joven, lo pide y se lo dan. Es un bebé. Los gritos y berridos asustan, le hablan al cadáver y le preguntan por qué los abandona, por qué se los quitaron, para qué se iba, qué harán sin él. Su abuelo le increpa temblando y tocando su rostro —ay hijo, me cansé de decirte que hicieras caso. —Lo acariciaba con la ternura con la que se toca a un niño en su cumpleaños. 
No dejan de gritar y el ataúd nos comienza a pesar, aún no lo dejamos en el pedestal, avanzamos muy poco, todos se atraviesan y debo tener cuidado de que la tapa que han abierto para tocarle no les caiga encima. En medio del apilamiento de dolientes, el niño queda en lo alto y sobresale entre la inclinación de los cuerpos alrededor de la caja de muerto. 
Llanto, llanto, gritos, lamentos, que se tornan en carcajadas amargas y hondas como si ahí se fuera el odio, un odio dirigido a dios. Quizás así lloran los ángeles caídos en el infierno. El bebé que sigue abrazado, parece no entender, es absurdo que lo tengan en medio de tanto grito. De repente, porque todo es tan rápido, todo es en el trayecto de unos cinco metros de la puerta al pedestal donde está la capilla ardiente en el domicilio, de repente, el bebé se tapa la cara con el brazo derecho, no ha llorado, sólo se tapa y se niega a ver. Él… es extraño escribir “él”, usar solo el pronombre personal para un bebé. Él sabe que ahí está su papá, es consciente de ese horror. Sólo se tapa su rostro con el brazo y se gira hacia el cuello de quien le carga, se ha escondido.
Llegamos al pedestal, me abro espacio entre las personas que van rodeando el espacio. Antes de salir, el bebé sigue en el regazo del muchacho que le carga junto al ataúd. Está atacado, se agita sin llorar y los ojos están húmedos, abiertos, mirando a ningún lugar, apuntan a las flores que están en el suelo. “Bus junelo a purí golí e men arate sos guillabela duquelando palal gres e berrochí, prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí ta andiar diñelo andoba suetí rujis pre alangarí... Cuando escucho la vieja voz de mi sangre que canta y llora recordando pasados siglos de horror, siento a Dios que perfuma mi alma y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor.”